Por un museo chileno del terremoto


Publicado el 16 de Abril de 2014, por stefanomicheletti en NOTICIAS | OPINION

Ricardo Greene – El Mostrador y Diario El centro

Tras el terremoto de febrero 2010, en todo Chile vimos reaparecer una fauna familiar y recurrente que parece no dejarnos en paz: la ruina. En sólo tres minutos, aceras y calles se levantaron y trizaron, cables y tuberías se cortaron en pedazos, puentes se vinieron abajo, y galpones y cercas se destruyeron por completo. Casas, fábricas, paraderos, iglesias y kioskos perdieron sus miembros por igual, dejando al país mutilado y parcialmente desarticulado.

 Apenas terminó el terremoto, la gente salió a la calle a esperar la réplica. Al menos quienes pudieron. No había luz ni agua pero sí algunos gritos y desorientación. Luego, la calma nerviosa. Llamar a familiares y amigos, chequear a los vecinos, revisar las mascotas y comprobar los daños: qué se ha quebrado, qué se ha extraviado y qué puede recuperarse. En todas partes, sin importar lo poco o mucho que se tenía, la gente lamentó lo perdido y deseó volver atrás. Tan sólo unos minutos atrás. Se empuñaron escobas y se comenzaron a llenar cajas y bolsas con escombros. Cuatro o cinco de la mañana y las oficinas públicas también se activaron, planificando el rol del Estado en la catástrofe. El deseo de todos, públicos y privados, era borrar el rastro de lo ocurrido, ahuyentando el caos y trabajando para que el orden volviera a prevalecer.

 En la historia de Chile, los planes de re-construcción se han enfocado tradicionalmente en recuperar las funcionalidades perdidas con los desastres naturales. Es decir, si se caen 300 viviendas, cuatro escuelas y dos consultorios en tal localidad, se les intentará reconstruir lo antes posible, sea en el mismo lugar o en algún otro relativamente cercano[1]. En esa lógica, lo que queda fuera de todo cálculo, discurso y política pública es precisamente la ruina. Dicho de otro modo: el consultorio se puede reconstruir en otro sitio, pero los restos del que se cayó seguirán ahí, junto a cientos de otras cicatrices urbanas que motean ciudades, pueblos y villorrios.

 Concentrado en funcionalidades y despreocupado por este “remanente”, el Estado ha dejado en manos del mercado la administración de las ruinas. Lentamente los sitios semi-eriazos se van limpiando, civilizando e incorporando a la trama formal de la ciudad, vestidos ahora de farmacias, condominios cerrados o edificios gubernamentales. A cuatro años del terremoto, aún quedan muchísimos de estos lugares intocados, pero poca duda hay que de aquí a una década no quedará mayor rastro de ellos. Más allá a preguntarnos si es el mercado quien debe llevar el liderazgo en este proceso, cabe preguntarnos si realmente queremos que estos hitos materiales de la destrucción y la fragilidad desaparezcan de nuestras ciudades. En un país azotado regularmente por terremotos, tsunamis y explosiones volcánicas de gran escala, ¿queremos limpiar bajo la alfombra el polvo que levantan y hacer como que no ha pasado nada, mientras esperamos, silenciosos, la siguiente catástrofe?

 En la ciudad de Talca, una de las más afectadas en 2010, el terremoto dejó dos grandes hitos de destrucción: la tradicional Escuela de las Concentradas y el Mercado Central, ambos edificios patrimoniales, céntricos y muy queridos por la población local. Casi cuatro años han pasado desde su parcial destrucción y siguen inutilizados, carentes de un plan serio de re-construcción. Estado y el Municipio han hecho lo posible por deslindarse de toda responsabilidad y buscar una salida vía privatización, pero la resistencia de locatarios, vecinos y apoderados, y la ausencia de proyectos realmente rentables han echado por la borda esas intenciones. Al menos temporalmente. Ante ese escenario, quiero hacer una propuesta radical y necesaria: que se re-convierta al Mercado Central en un nuevo Museo Chileno del Terremoto, tenga a la ruina en su eje matriz.

 Lo que propongo no es ninguna novedad. En el terremoto de 1999, la Escuela Guangfu de Taiwán colapsó y el gobierno decidió re-habilitarla como el nuevo “Museo 921 del Terremoto”. Se arreglaron los daños estructurales y las ruinas se dejaron tal cual, a la vista. El paseante hoy la recorre entre escombros, admirando y estremeciéndose ante los efectos destructivos del terremoto y ante las historias trágicas y herócias de la gente. Con el edificio de la Prefectura Comercial de Hiroshima se siguió una estrategia similar: el edificio estuvo en el epicentro mismo de la bomba atómica y, por esa razón, fue el único que quedó en pie en un radio de casi 12 kilómetros. Manteniendo la cáscara dañada y reconstruyendo el interior, el edificio alberga hoy al Memorial de Paz, uno de los hitos más preciados de la ciudad. En el Museo del Molino en Minneapolis y en la reconstrucción de la Catedral de Curicó se han seguido lógicas equivalentes, volviendo a la ruina una materialidad conmemorativa, testigo mudo del horror que explota el valor estético de los signos del deterioro y genera, de paso, conciencia sobre el patrimonio cultural de los territorios.

 Una última experiencia relevante en esta línea es la del fotógrafo y sociólogo chileno Camilo José Vergara. De amplia y reconocida carrera documentando los ritmos urbanos de Estados Unidos, sus obsolecencias y re-activaciones, en 1995 sugiere para la alicaída Detroit un plan radical: en vez de derrumbar los esqueletos vacíos de las grandes fábricas fordistas, propone mantenerlos en su condición de ruina tal y como los griegos contemporáneos mantienen aún la Acrópolis y los italianos el Foro Romano. Mantener la ruina, he ahí una idea audaz. No derrumbarla ni dejar que desaparezca en el tiempo, sino conservarla en un episodio único, también arbitrario, de su ciclo vital. Para el caso de Detroit, su objetivo era utilizar las ruinas como un museo al aire libre que legara a futuras generaciones un conocimiento vivo de la caída del capitalismo, al menos en su primera fase industrial. La propuesta, como era de esperar, fue rechazada, pero su idea no deja de tener fuerza y coherencia.

 Conservar el núcleo interno del Mercado Central como un Museo del Terremoto, habilitando una galería externa para los locatarios, es una propuesta que entiende el país donde vivimos y que reutiliza un espacio público clavado en el centro de la ciudad, el que sin duda generará un atractivo cultural para la región y potenciará el turismo recogiendo como eje un patrimonio –la ruina, el desastre- fundamental para la región y el país. Recordar la fragilidad de lo construido y, a la vez, celebrarla, parece sensato: la normalidad ha pasado siempre por retirar las ruinas pero no tiene que ser así. El suelo se mueve y no está mal que algo nos lo recuerde.



[1] Aunque no es materia de esta columna, valga decir que ello radicaliza los procesos de segregación residencial. Para más información, recomiendo: http://www.surmaule.cl/wp-content/uploads/2013/09/Temas_sociales_70_03-09-2013.pdf





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